Los Altos Bojes T2

Capítulo III

El día en que oyó hablar por primera vez del Envenenador, recién salía don Ulises de la academia de policía de Santa Cruz junto con el Flaco. Apenas llegado a la oficina, llamó el jefe a los dos pipiolos que estaban almorzando en la pieza de descanso de la comisaría y los llevó de inmediato al lugar donde habían encontrado el cadáver. Ambos suspiraron y alzaron los ojos al cielo. Ni les daría tiempo de terminar el exquisito plato de lasañas que les había preparado la esposa de Ulises. Pese a ese percance, huelga decir que ambos bisoños estaban ansiosos por alejarse del papeleo y vivir su primer caso pero no lo mostraban ante el jefe o, al menos, intentaban disimular. 

La casa de la muerta se encontraba en el casco viejo de la urbe no en uno de los más acomodados sino en esos de clase media para arriba. Cuando llegaron, ya habían tendido los policías de uniforme un perímetro de protección alrededor del jardín de la casa para evitar que se acercaran los curiosos. Y eran numerosos, principalmente, vecinos y también periodistas. Tras saludar al jefe los policías de guardia a la entrada de la casa e informarle de lo necesario, entraron los tres. 

Era una casa espaciosa, bonita, amueblada con gusto y cierto refinamiento propio de la señora. Se dirigieron de inmediato a la cocina y al ver el cadáver de la señora en estado de putrefacción, los dos pipiolos corrieron en carrera hacia la puerta que daba al patio trasero. Cuando regresaron, pálidos, macilentos y sudados, estaba examinando el jefe con cautela y minucia el cadáver. Y ambos se acercaron como si nada, un pañuelo cubriéndole las narices.

-¡Admiro sus narices! -dijo el jefe sarcástico.

- Disculpe jefe -contestaron al unísono, apenados.

- Así se aprende el oficio, no se preocupen, muchachos. Vámonos ya. Suficientes datos tengo ya. Terminará el trabajo el forense.

-¿Y qué conclusión saca, jefe? -se atrevió a preguntarle Ulises.

-Por el momento, ninguna, hombre. Solo que murió hace mucho tiempo y envenenada.

-¡Envenenada? - exclamó sorprendido el Flaco.

- Claro. La mataron con veneno - le contestó seguro de sí mismo el jefe-. Yo diría arsénico. Lo averiguaremos más tarde. Ahora la única pregunta que nos debe preocupar es...

Y como ni uno de los dos se resolvió a contestar, les dijo el jefe, suspirando de desesperación:

- ¿Quién mató a esa viuda?

-Por supuesto -dijo el flaco. Y los dos inclinaron la cabeza avergonzados.

Al recordar ese episodio, el inspector en jefe Ulises Vergara se puso a sonreír, encendió un cigarrillo y volvió a sumergirse en la lectura del primer caso de la viuda del barrio Santaana.   


Cap. IV

Tal como lo confirmó el forense, la viuda del barrio Santaana había muerto envenenada. Y tal como lo había dicho el jefe, con arsénico. Se había cerrado el caso en un par de meses por falta de elementos que facilitaran la identificación del asesino. Tras descartar a los posibles sospechosos, solo se logró saber que el envenenador era ese hombre que venía a verla algunas veces y que ella lo visitaba muy a menudo o, mejor dicho, se suponía. Ni la criada, ni los vecinos ni los familiares de la viuda lo había visto una sola vez pero sabían de su existencia por el comportamiento y el porte mismo de la señora que mucho había cambiado, en cuerpo y alma. A todas luces, mucho cuidaba de las apariencias la viuda y, según lo que reveló la investigación, ella se las ingeniaba para invitarlo tan solo durante el día libre de la criada, es decir los martes. De tal forma que ese señor no era más que una sombra, sin nombre ni apellido. Nunca se supo donde vivía, donde se juntaban, si era joven, de mediana edad o viejo. Lo único que se pudo averiguar a ciencias ciertas tras examinar nosotros las cuentas de la viuda, fue que desde que lo encontró ella, se dispararon los gastos o, mejor dicho, despilfarró ella su propia hacienda y la de su difunto marido. Al morir ella, solo le quedaba su casa y una finca abandonada en las afueras de Santa Cruz, cuidada por una familia de campesinos que nada sabía de la dueña desde hacía años. La nota manuscrita que concluía el caso de puño y letra del jefe rezaba: la envenenó y se fugó con la fortuna de ella. Hombre maniático y peligroso. Volverá a actuar.

Cerró don Ulises el primer expediente, terminó la primera cerveza y encendió un cigarrillo. Su mirada se perdió lentamente entre los libros de la biblioteca que ornaba los muros del pequeño salón separado de la sala por una vidriera corrediza. Y recordando las lasañas, le dio hambre y decidió ponerse a cocinar. Pero, al darse cuenta de que la despensa y los armarios estaban casi vacíos, se decidió a cenar donde Caixo, el dueño del restaurante italiano donde solía ir a menudo por la noche. Y se prometió a sí mismo no dilatarse demasiado. Una larga noche de lectura y cavilaciones lo esperaba. Estaba por ponerse el trilby cuando en eso, llamó alguien a la puerta.

-¡Hola, amigo! ¿Qué tal estás?

- ¡Qué alegría verte! -le dijo Ulises, dándose un abrazo. ¿Me acompañas? Voy donde Caixo.

- Como quieras, hermano.

-¿Has cenado?

-Ni he tenido tiempo. El laburo me tiene hasta la coronilla. ¡Saturado estoy! Mira la cara de desvelo que tengo -le contestó Segismundo.

-¡Pues vamos, hombre! Nos va a hacer un mar de bien salir. Yo también necesito distraerme. Y allí charlamos.

-Y allí nos tomamos unos tragos - contestaron al alimón.

Y ambos se pusieron a reír mientras iba cerrando la puerta con llave Ulises. Y se fueron en dirección al restaurante que a unas cuadras quedaba. La noche era más fresca y ventosa y platicaban los vecinos afuera, sentados en mecedoras del patio o de la acera.

-¡Buenas, don Ulises! - les iban diciendo los vecinos al verlo pasar.

El tan solo esbozaba una sonrisa mecánica a la vez que los iba saludando levantando levemente con el índice el ala del trilby en señal de deferencia.

-¡Qué fama tienes! - le dijo en broma Segismundo.

-¡No me jodas! -le contestó Ulises - Son unas rancias cotorras que se pasan el día cuchicheando o acribillando al vecino. Por suerte, conmigo no se atreven por motivos obvios. Pero te recuerdo que cuando me separé de mi esposa, allí andaban las loras. Y empezó Ulises a imitar en mera calle los gritos de las aves de corral.

- Y Segismundo, divertido, aleteaba los codos como si fuera una de ellas.

-¡Dios mío! -soltó Ulises- Solo falta el ciclista para que se arme el cachondeo.

-¡Eh! Segismundo -le dijo a voces Ulises- ¿Sabes algo de la Flecha?

- Nuestro amigo Gaspar está por las nubes. Está cada vez más chiflado. La última vez que lo vi fue cuando estaba buscando cómo hacer un alambique para producir vino de maracuyá. Y sueña la Flecha con exportar su hallazgo al mundo entero. ¡Nada más! ¡Nada menos!

Sabían los dos que les esperaba una noche de jerga y que lo pasarían en grande con o sin el ciclista.


Cap. V

-¡Y cómo fue el segundo caso! - interrogó Segismundo, intrigado.

-¿Te sirvo otra copa de rosado? -le preguntó Ulises.

-¡Como no!

Levantó Ulises la botella de rosado casi vacía y, de inmediato, desde la barra, le hizo Caixo una señal de la mano para decirle que ya traía otra enseguida pero que esperara un momentito por la concurrencia inusual ese día de semana.

-El segundo envenenamiento acaeció ocho años después. Yo seguía trabajando en la comisaría de Santa Cruz. Ya se había jubilado el jefe y nos metieron a un joven comisario. Un sabelotodo pretencioso que si mucho de leyes sabía, nada de la calle conocía. Era como hablar con el código penal, ensartaba artículos tras artículos, reglamentos tras reglamentos, alineados tras alineados, en resumidas cuentas, para no cansarte, era un inútil. Un administrativo carrerista, de buena familia, con enchufe que sabía que después de ese puesto, vendría otro y otro más que lo llevaría a Gobernación. Y te lo decía descaradamente como si nada le importara de lo que estaba haciendo. No quería que pasara ningún tipo de problemas mientras estuviese en ese puesto. "Nada de dudas, solo certezas", solía repetir. Traducido en lengua llana significaba, cada caso tiene su respuesta, judicial por supuesto, aunque no sea la correcta.

- Vaya, conociéndote, me imagino que te la pasaste de maravillas - dijo Segismundo con ironía.

- Divinamente, -contestó Ulises, casi atragantándose.

- Seguro que más de una vez arqueaste el lomo ¿no?

- Por supuesto. Me di cuenta de que no servía para nada, que era mejor esperar a que amainara la tormenta. Y tuve la razón, el señorito se quedó año y medio y después obtuvo una promoción. Pero fue en parte por su culpa que se nos escapó el envenenador.

-¿Qué tal están, caballeros? ¿Qué les parecieron las lasañas y los canelones? - preguntó Caixo, sudado y apresurado, abriendo la botella de rosado con destreza y rapidez.

- De chuparse los dedos -contestó Ulises.

- Muy gustosos - replicó a su vez Segismundo.

-Me alegro. Siento no poder quedarme a platicar con ustedes, caballeros. Pero ya ven -dijo Caixo, mirando hacia la sala repleta donde no había ni una sola mesa disponible - no puedo parar ni un segundo.

- No te preocupes -contestó Ulises -otro día será.

-Les dejo la carta, por si acaso les apetece un postre.

-Tráenos mejor un plato de quesos variados con ensalada, por favor.

-A la orden. Y que sigan disfrutando - les contestó Caixo, llenando las dos copas de vino.


Cap. VI

-¿De qué estábamos hablando? -preguntó Ulises al encender un cigarrillo.

-Estábamos hablando de tu querido jefe, no el primero sino el segundo a quien ascendieron en un dos por tres.

- En un dos por tres -replicó Ulises como ido en sus cavilaciones. Porque el segundo mucho se parecía al tercero.

-Bueno, hombre, suave. Me estabas hablando del segundo y de la irresponsabilidad de tu jefe.

-Irresponsabilidad no, diría yo. Más bien ineptitud o incapacidad -contestó Ulises saboreando lentamente el rosado.

- La investigación la llevábamos el Flaco y yo. La víctima del segundo caso era más joven. Si bien recuerdo, tenía cincuenta y tres años cuando la mataron. Vivía en Quetana, en uno de los barrios más acomodados de la ciudad.

-¿Conoces Quetana?

- Por supuesto. Yo hice una práctica de medio año. Es una ciudad muy bonita, en lo alto de una colina. Allá se siente fresco, rico y además hay una linda panorámica.

-Pues, si te digo que vivía en el barrio Pasco, ¿te suena?

-Claro. Es uno de los barrios céntricos que da a la plaza mayor.

- Bueno, a esa señora la encontramos muerta en el salón de su casa.

- Siento interrumpirte pero ¿por qué, si me permites, no se ocupó del caso la policía local?

-Cuestiones internas, curioso -le contestó Ulises.

-¡Ah bueno, disculpa! Lejos de mí la voluntad de inmiscuirme en asuntos secretos.

-¡No jodas, galeno! ¿Y acaso no existe el secreto profesional en tu oficio? -contestó en tono seco y la mirada fría Ulises.

-Por supuesto -contestó un tanto molesto Segismundo.

- Es una broma, hermano. Me gusta hacerte rabiar. ¿Todavía no me conoces! Yo sé que sigues teniendo malas pulgas. Esta vez, te voy a contestar en serio. Sencillamente porque en esa localidad, no hay ningún inspector. Tan solo un puesto de policía que atiende los asuntos comunes y corrientes. Pero cuando se trata de cosas más serias como desapariciones u homicidios, somos nosotros. ¿Satisfecho?

- A sus órdenes, inspector jefe. Pero tenga la bondad antes de seguir su relato, apasionante sin lugar a dudas, de servirme otra copa. A ver si esta noche logramos dilucidar en parte esos misteriosos envenenamientos.

-Pues te decía Segismundo que, tras avisarnos los locales de Quetana, estuvimos presentes el Flaco y yo esa misma tarde en casa de la difunta. Había avisado a los locales una vecina muy amiga de la señora por no ver a ésta desde hacía más de una semana. Y lo extraño era que ella nunca dejaba su casa sin informarle a su vecina. Entraron pues los locales por una ventana trasera del primer piso y abajo descubrieron el cadáver.

- ¿Y qué te hizo pensar que se trataba del mismo caso?

-Al inicio, ni até cabos. Ni se me pasó por la mente porque no se miraba ni la más mínima huella de emponzoñamiento. Nada que ver con el primer caso. Parecía una muerte natural. Y eso fue lo que nos hizo perder mucho tiempo. Se diagnosticó un paro cardiaco y el médico de la señora nos confirmó que sufría ella del corazón y que recibía tratamiento por ello. Además, según los testimonios de los vecinos y de la familia, ella tenía una vida de la más normal y corriente, sin contrariedades particulares, una vida como cualquier persona sin ningún enemigo o persona que por equis motivo quisiera vengarse de ella. Por lo visto, vivía muy bien pero sin lujo. Así que nos regresamos a Santa Cruz a los dos días por orden del jefe. Asunto concluido -dijo él -les felicito por su excelente trabajo.

- ¿Y qué pasó? -preguntó Segismundo, ya completamente sumergido en el caso.

-A los quince días, nos llamó su única hija, preocupadísima. Le pedimos permiso al jefe pero él se negó rotundamente a que fuéramos nuevamente a Quetana. Insistimos pero la única respuesta suya fue: ¡Y asunto concluido!

- ¿Y qué hicieron?

- Dejamos el caso oficialmente. Pero oficiosamente nos fuimos a Quetana varios fines de semana seguidos procurando no cruzarnos con los locales. Y fue cuando nos entrevistamos en repetidas ocasiones con la hija cuando entendimos que su madre no había muerto de un infarto sino de un posible envenenamiento. Y ambos recordamos en ese momento la famosa pregunta del comisario: ¿quién mató a esa viuda?

-Pero hombre, ¿ya tenían pruebas antes de que pensaran en la identidad del asesino?

-Claro que sí. Deja que te cuente. Dos elementos muy serios teníamos. Las cartas y las cuentas.

-Aquí están sus platos de quesos variados, caballeros -dijo amable y sonriente la camarera. Y al lado les pongo la ensaladita -Y añadió: ¿Desean algo más?

Pero de inmediato, al cruzar las miradas de Ulises y Segismundo, entendió que demasiado hablaba ella y que ninguna respuesta recibiría por parte de esos dos caballeros que de asuntos muy delicados estarían tratando. Y se fue caminando contoneándose. Se quedó Segismundo esperando la continuación del relato que no llegaba. Se quedaba impávido Ulises y encendió un cigarrillo.

-¿Te pasa algo?- le preguntó Segismundo.

-Odio que me interrumpan.

Conociendo las manías de su amigo, sabía Segismundo que le costaría a Ulises volver a retomar enseguida el curso de su relato. Además, parecía más bien darle libre curso a su fantasía siguiendo los movedizos contornos de la silueta de la camarera.

-¡Qué chica, verdad! -dijo con su voz ronca Ulises. Y tú ¿Nunca volviste a casarte?

-De eso no estábamos hablando, inspector jefe. Se está volviendo medio melancólico.

Se carcajeó Ulises, llenó las copas de rosado y metió la botella vacía en la cubitera plateada hecha agua.

-Tienes razón -contestó Ulises. Volvamos a nuestro asunto. ¿De qué estábamos hablando?

Ni se acordaba Segismundo y los dos se desternillaron de la risa.

-Ahora, sí recuerdo- dijo Segismundo. Las cartas y las cuentas.  


Cap. VII

-La hija, al poner las cosas de su madre en cajas, había encontrado unas cartas de su primogenitora y nos las dio.
- ¿Y qué contaban?
- La señora tenía una relación desde hacía casi dos años con un señor aparentemente más joven que ella. Él le escribía regularmente. Según lo que le decía en las cartas, era hombre de negocio que mucho viajaba y sin embargo se trataban a menudo. Y según pudimos deducir de la lectura de las cartas, se veían en la casa de él. Fue lo que pensamos al inicio y nos alegramos pensando dar con ese desconocido. Pero al averiguar la dirección, nos dimos cuenta de que estaba ocupado el piso por una pareja que se había pasado a vivir en él. Obtuvimos la dirección de los dueños, una pareja de ancianos, que nos confirmaron que el antiguo inquilino era un hombre bastante joven y apuesto y que se había marchado hacía unas semanas. Todo concordaba. Más no supimos. La descripción que nos hizo el viejo del antiguo inquilino era más bien imprecisa y borrosa. Tan solo lo había visto una vez, en el momento de la firma del contrato. Se había ido sin avisar, dejando en la mesa de la cocina efectivos que correspondían al pago del último mes. Nada más. Solo dijeron que habían encontrado el piso en muy buen estado, sin ningún deterioro.
- ¿Y las cuentas?
- También lo supimos por la hija. Ella estaba muy mal cuando nos llamó. No entendía el secretismo de su madre acerca de su relación con ese hombre y se lo reprochaba a sí misma. Nos decía que si hubiera tenido vínculos más cercanos con ella, eso no habría pasado. Y descubrió que las cuentas de su madre estaban vacías, completamente vacías: la suya y aquélla en que recibía mensualidades de un seguro tras la muerte de su marido. Además, había vendido su madre en los últimos meses la totalidad de sus participaciones en la empresa que dirigía su difunto marido: millones de pesos que también se habían esfumado como por arte de magia. Tan solo era dueña la señora de la casa. Así que para nosotros, había más similitudes que disimilitudes entre los dos casos.
-El único problema, era que tenían las manos atadas ¿verdad?
-Así es.
-¿Y no intentaron hablar nuevamente con su jefe?
-Lo sondeamos en repetidas ocasiones pero ni modo. Y además, no solo un problema teníamos sino dos. La señora había fallecido de muerte natural. Fue cuando quiso la fortuna que a su vecina y amiga le diese un patatús y luego dos. Y luego empeoró su estado de salud.
-¡Menuda suerte! -exclamó Segismundo.
-Espérate. Verás como es la vida. Por suerte, la hija todavía estaba en casa de su difunta madre y no había terminado de arreglar y empacar los efectos personales de ella cuando se enteró de lo que le estaba sucediendo a la vecina. Y nos llamó. Nos explicó que tuvo como una corazonada y que a lo mejor la muerte de su madre tenía algo que ver con la vecina que también estaba muy grave en el hospital.
-¿Y qué hicieron?
- Nos fuimos a casa de la vecina. Gracias a Dios, la hija tenía un doble de su casa al igual que la señora que tenía copia de la llave de la casa de la vecina. Y empezamos a averiguar. Quiso ir la hija con nosotros y la dejamos para tranquilizarla. Y fue ella la que encontró en la cocina una botella de vermut añejo igual a la que había visto en casa de su madre. Comparamos las botellas. Eran de la misma marca, del mismo año y tenían el mismo sello borrado a mano en que debía de aparecer el precio. Y ambas vecinas habían guardado el envoltorio de cuero fino. Sin lugar a dudas, le habían regalado a la difunta dos botellas y ella le había regalado una a su vecina y amiga.
-¿El arma del crimen? -preguntó Segismundo.
- El arma del crimen -contestó Ulises con voz lenta y pausada. Solo faltaba examinar el líquido de ambas botellas.
- ¿Veneno?
- Ponzoña vegetal de las que no te dejan ninguna huella visible.
-Hasta que por bruscas, intensas y descomunales aceleraciones, se pare el corazón -completó Segismundo.
-Así fue. Pero no murió la vecina-dijo Ulises.
-Claro, le administraron el antídoto a tiempo. ¿Y cómo reaccionó tu jefe?
-El Flaco y yo redactamos un expediente completo adjuntando los resultados de los laboratorios. ¿Y sabes lo que dijo?
-Ni idea.
-"Asunto concluido. Les felicito por su excelente trabajo". Y por segunda vez, se nos había escapado el envenenador.
-Y en ese momento, ¿nunca pensaste que podíase tratar de la misma persona?
- Yo lo pensé y el Flaco también. Además, los casos de envenenamiento no son tan frecuentes. Pero la verdad es que casi nada teníamos acerca de él. Sabíamos que era bastante joven, atractivo, fino y refinado, una persona con muy buenos modales y excesivamente maniático. Lo pensé de inmediato cuando nos contó la pareja de ancianos que había dejado el piso nítido y además con el pago. ¡Te imaginas! Solo un maniático puede portarse así. Un tipo que cuida mucho de las apariencias, de su imagen. Probablemente una persona estudiada, planificadora y calculadora. Lo que intuí también al leer las cartas. Tiene una caligrafía neta y todas sus cartas estaban bien escritas y razonadas con nexos lógicos y una puntuación irreprochable.
-Una especie de cazadotes muy astuto, inteligente y muy precavido.
- Y que nunca deja huellas. Además, si te fijas bien, en ambos casos, el modus operandi es idéntico o casi idéntico: seduce a las viudas con plata, convenciéndolas me imagino a que mantengan su relación secreta y las va despojando sutilmente de sus bienes. Y una vez dueño de ellos y de ellas, las elimina con veneno y desaparece. "Hombre maniático y peligroso. Volverá a actuar".


Cap. VIII

Estaba Ulises en el despacho del jefe con tres colegas por un asunto de robos repetitivos que se habían producido en un par de semanas en el barrio Jaramillo. Ese día, estaba enfurecido el comisario. Pocas veces lo habían visto así. Estaba de pie frente al gigante mapa de Santa Cruz colgado de la pared y, con una regla, iba enseñando los diferentes lugares en que se habían producido los hurtos. Y no paraba de hablar con un frenesí desconocido como si quisiera desquitarse de algo o de alguien. Tan solo Francisco y Roberto, los más jóvenes, parecían escucharlo con atención y abnegación como si todavía estuvieran recibiendo clases en la Academia o, mejor dicho, como si se sintieran directamente responsables de lo ocurrido por no haber sabido actuar a tiempo. Hay que reconocer que el comisario tenía labia e indiscutibles facultades teatrales que impactaban en cualquiera que no lo conociera a tal punto que se fue formando un consenso entre Gobernación y la Alcaldía capitalina para que tan solo él apareciera en público sobre temas de seguridad pública. Pero ese día no era su día. Mientras tanto, fingía Dionisio tomar apuntes en su bloc cuando, en realidad, estaba haciendo una caricatura del comisario. A decir verdad, tiene Dioni el trazo vivo y muy expresivo.

Tras algunas preguntas de los pipiolos que reflejaban su inquietud y preocupación compartida así como su sentido del deber, todos entendimos que no solo tenía un problema el comisario sino dos. El primero era que uno de los últimos robos en casas particulares había tenido lugar en la propia mansión del vice-alcalde y el segundo era que la prensa capitalina, de forma inusual, criticaba con acritud y mordacidad a la policía de Santa Cruz cuando, de costumbre, era fiel partidaria del orden. Pero tan solo Dionisio y Ulises entendieron de inmediato que el primer punto tenía que ver con el segundo y viceversa. Y de allí el histerismo del comisario cuando, en realidad, no les competía a ellos hacerse cargo de hechos ocurridos en otro distrito. Pero como ya se había convertido el comisario en un personaje clave de la capital, a ellos les tocaba limpiar el reverso de la medalla para que volviera a lucir la estrella del comisario.

Y discretamente, mientras iban caminando hacia el despacho de Ulises, le enseñó Dioni al inspector Vergara Bujan la caricatura que representaba al alcalde maestro de Santa Cruz dando un tirón de orejas al comisario alumno en el estrado del aula de clase. Le dio Ulises una palmada en el hombro a Dioni y ambos fueron riéndose hacia la salida a tomar un café. Más de hora y media había durado la conferencia del comisario. Prefirieron Francisco y Roberto no perder ni un minuto y se encerraron en el despacho que compartían con Dionisio elaborando planes y estrategias con objeto de arrestar cuanto antes a esa pandilla de ladrones de Jaramillo que además de ser ladrones iban mancillando la reputación del cuerpo de Policía y los valores de la Patria.

Al inspector en jefe Ulises Vergara Buján le tocó solucionar ese lío peliagudo y engorroso a tan solo dos semanas de las vacaciones. Y la verdad era que ése era verdadero motivo de preocupaciones. Si no se arreglaba el asunto de Jaramillo en breve, muchas posibilidades había para que se olvidara de las vacaciones y de las horas extraordinarias.

Ya sabían de antemano Dioni y Ulises quienes operaban por ese sector capitalino. Pero lo que les llamó la atención fue que esos cacos habían convertido su pequeño negocio en gran empresa y que ya no vacilaban en asaltar mansiones de gente influyente a no ser que ni lo supieran ellos mismos. De tal forma que Dioni y Ulises activaron sus contactos de los más diversos en cuanto antes y mandaron a los dos pipiolos de uniforme a patrullar por esa zona con los colegas de Jaramillo con el previo acuerdo de Pepe, el inspector de ese distrito, gran amigo de Ulises Vergara Buján por haber compartido copas y lances desde añares. Así que Dioni y Ulises tuvieron las manos libres para pensar y actuar.      


Cap. IX

Por la tarde del día siguiente, Ulises citó a Pepe en un café de Jaramillo y, más tarde, se juntó Dioni que algún percance había tenido. Ya se notaba que la alcaldía había tomado la cosa en serio. Rondaban por las calles del barrio varios equipos de refuerzo para tranquilizar a los moradores.

-¿Viste el circo? - le dijo Pepe a Ulises. - Es como si fuera el estado de emergencia. Y tan solo por unos robos. 

 -¡Ah Ulises! La prestidigitación es un arte. Cada día trabajamos mediante triquiñuelas legales porque faltan cintas para las máquinas de escribir, porque ya no hay papel carbón, porque el coche tiene una avería y todavía no lo han reparado, que no ha llegado el presupuesto adecuado pero seguro que llegará antes de Navidad...

- Del próximo año -añadió Ulises, partiéndose de risa. 

 - ¡Siempre con la misma canción! -

- ¡La misma cantinela! Que estés en Santa Cruz o en Puerto Jacinto. 

-Pero esta vez, ya ves, como está afectada gente de posibles y además poderosa, se saca del sombrero del mago lo que antes era imposible: colaboración entre comisarías, medios adicionales, promesas de primas etc. etc. 

-¡Es la ley de la vida! -contestó en tono cáustico y mordaz Ulises al terminar su taza de café

- Bueno, compinche, ya ha llegado la hora de actuar -dijo con tono decidido. Veo que la pandilla de Lucas ha prosperado, que ha ampliado el negocio. ¿Qué te parece? 

- Nada del otro mundo. Están en una etapa de expansión. Nosotros los estábamos vigilando desde hacía tiempo para atraparlos con la mano en la masa. Estábamos esperando algo gordo. Sabemos que estaba pendiente el asalto a un banco. 

 -¡Dios mío! ¡Un banco! ¡Nada menos! Es que ahora Lucas ve las cosas en grande. Tiene ambiciones. 

 -Pero por brutos esos ineptos ni se dieron cuenta de que se habían metido en el caserón del Vice. Y éste con el show que está haciendo ahora, nos jodió meses de trabajo. Ahora están en su guarida disfrutando y esperando mejores tiempos. Nos va a costar agarrarlos, te lo digo, al menos a los cabecillas, Lucas, su mano derecha y sus dos tenientes, los hermanos Mein. 

- ¡Vaya enredo! No me lo esperaba. ¿Y qué propones? Porque sabes que al jefe mío y dicho sea de paso, también el tuyo, lo tienen contra las cuerdas. Lo están sometiendo en el tercer grado. 

 -Me di cuenta. Leí unas de sus declaraciones en la prensa. 

 -Te digo francamente que si se lo volaran, sería para mí un gran alivio. Es un mequetrefe. Pero mientras siga en el puesto, nos va a hostigar y apretar las tuercas. Y yo que pensaba irme de vacaciones. 

 -¡Ja! ¡Ja! ¡Ja -riose Pepe. No te preocupes, hermano. A mí me conoces mejor que nadie. Siempre guardo un as en la manga. Y ese as es femenino. 

 -¿Asa dulce o olorosa? 

- Dulce y muy olorosa. Es la querida del cabecilla. Dos años ha, la pillamos y trincamos por receptación de bienes robados. Todavía no andaba con Lucas. Y la soltamos a cambio de que nos diera unas informaciones de vez en cuando, me entiendes. Mucho olfato tuvimos. 

- ¿Y es de confiar la chica? -preguntó, perplejo, Ulises. 

 -En la medida en que se pueda fiar de una ladrona. 

- Que además se encaprichó de un jefe de pandilla en pleno ascenso. ¡Vaya casuística! 

 - No te hagas mala sangre, Ulises, la piba no es tan sutil. Y nunca ha fallado incluso desde que anda con Lucas. 

-El problema es que nunca va a querer denunciar a su novio. 

-¿Y quién dice que le vamos a presentar el paquete de esa forma? 

- Cada día me sorprendes más Pepe. Vos sos el as de los ases, como el tinto que va adquiriendo nobleza con los años. 

 -Basta con comunicarnos con ella y tenderle una trampa para remontar hasta Lucas. 

 -Sin que ella se dé cuenta de nada, por supuesto - dijo Ulises. 

 -Por supuesto -añadió Pepe, reidor. 

 En un santiamén idearon un plan infalible que los llevaría hasta la madriguera de Lucas. 


Cap. 10

A los dos días, se presentaron Pepe y Ulises a casa de la Gata, a mediodía, mientras estaba al quite Dioni en la esquina. Cada quien se sabía de memoria el guión y tan solo era improvisar en función de las circunstancias. Llamaron varias veces a la puerta pero nadie contestó. Cerradas estaban las ventanas y corridas las cortinas. El patio delantero se miraba un poco descuidado. Volvió a golpear la puerta con la aldaba pero nadie abrió. Ulises miró a Pepe con un átomo de escepticismo pero éste se portaba como si sospechara algo. Y su fue en dirección a la puertecilla que daba al patio trasero. Estaba abierta y dio la vuelta a la casa. Regresó poniendo cara de mohína. Y Volvió a golpear la puerta.

-¡No ven que no está la señora! -Vociferó alguien. Ambos se quedaron viendo, inquiriendo de donde venía ese grito tan agudo y displicente. Y entre las alheñas, vieron el semblante de una vieja desdentada, que parecía esperpento. 

-¿Quiénes son ustedes? - intentó saber ella con tono inquisitorial. Ambos se miraron y, en un Dios dirá, tuvo Ulises esa réplica repentina y salvadora: 

- Somos abogados, señora. Entendió de inmediato Pepe que debía de callar y dejar que hablara Ulises. Se quitó Ulises el trilby para saludar a la señora y se acercó a ella. Ella lo quedó viendo fijamente a los ojos y se acercó a la verja que separaba las dos casas, abriéndose pasos con difiicultad entre las alheñas. La vieja estaba hecha un adefesio. 

 -¿Y qué quieren? -preguntó ella airada. 

-¿Aquí vive la señora de Castro? - contestó amablemente Ulises. 

 - ¿Y por qué quieren verla? 

 -Así que usted me confirma que en esta casa, de la calle del Divino Pastor, situada en el número 5, mora la señora de Castro. 

- ¿Y? 

- En vista de que la señora de Castro no está, tan solo vamos a averiguar unos datos, señora, no se preocupe, mera rutina. Nosotros solo cumplimos con nuestro deber. ¿Sabe usted dónde se encuentra ella? En ese momento, la quedó viendo Pepe detenida y escrupulosamente, listo para escuchar y disecar cada gesto, cada mohín, cada palabra, cada suspiro que trasluciese el mínimo fingimiento o engaño. Lo sintió la vieja y se puso incómoda. Y empezó a balbucear algo incomprensible. 

 -Lo siento señora, tendría la bondad de volver a repetir. Con los pregones de los verduleros no he oído absolutamente nada. Entendió Pepe de inmediato el percance y pretextó ir a comprar agua para dejarlos solos. La verdad era que hacía un calor sofocante pero sintió que su presencia intimidaba y apocaba al adefesio. Y se fue. 

 -Ya que la señora no está, volveré otro día. Pero es una lástima. Ella tiene que firmar unos documentos y le aseguro que... mientras más temprano, mejor para ella. ¿Se encontrará mañana? 

 -No creo -contestó la vieja, con aire de desconfianza. 

 -¿Pasado mañana, pues! 

-Tampoco. 

-En este caso, sería muy gentil de su parte si pudiera confirmarme un solo dato. Y ya después no la molesto más, se lo prometo. 

 Inclinó la cabeza la señora en señal de asentimiento. 

 -¿El nombre de soltera de la señora de Castro es Rodríguez? 

-Así se llamaba ella antes de casarse y enviudar. Tan joven, la pobrecita. 

 -Muchísimas gracias, señora. Usted es muy amable. Voy de regreso al colegio de abogados de Santa Cruz y confirmo los datos. En algo hemos avanzado, ¿no? Pero por supuesto, ella tendrá que visitarnos para que reciba en un futuro, no tan lejano eso espero, lo que le toca. A veces la vida depara sorpresas y de las buenas, créame. 

 - Usted es muy amable, señor. Le daré el recado a Eliana. Por lo que veo, ¿es una buena noticia, no? 

-Excelente noticia, Señora. Es una lástima que no sepa usted donde está. Si lo supiera, le aseguro que le agradecería mucho la señora de Castro habernos facilitado su paradero actual. Vale la pena, le aseguro. Hay noticias que le transforman la vida a cualquiera. 

 -¿Disculpe la pregunta, señor abogado, pero acaso no se trata de una herencia? 

Sonrió Ulises con mucha ternura y cariño. 

-Usted sabe, señora, que en la abogacía, hay secretos profesionales que, por ley, no se pueden divulgar bajo ningún pretexto. Si no fuera abogado yo, tenga la plena certeza de que le hubiera confesado de inmediato la nueva. Y usted hubiera sido la primera en darle la buena a la señora de Castro. Veo que ustedes son grandes amigas y que mucho se aprecian. Pero bueno, he de irme. Fue un placer haberla encontrado y muchísimas gracias por su colaboración. 

La vieja lo estaba viendo irse y estaba muy indecisa y atormentada. Le había prometido a Eliana no comentar con nadie su partida y mucho menos su paradero aunque provisorio fuese. Pero ante algo tan importante e imprevisible que tenía la facultad de transformar su vida y para bien, vacilaba. Y al despedirse Ulises por última vez, levantando el ala del trilby con el índice, ella lo llamó. 

 -¡Señor! ¡Señor! ¡Venga! ¡Venga! Algo tengo que decirle. 

Caminó lentamente Ulises hacia ella. 

 -Mire, Señor abogado, Eliana se ausentó por unas semanas o tal vez meses o tal vez más. Yo no tengo teléfono y ella no me dio el suyo. Y me temo que cuando regrese ella, tal vez sea demasiado tarde por lo que... usted dice. Y para mí, sería un desastre que perdiera ella lo que podría ganar hoy... según lo que he entendido, solo por culpa mía. 

 -Usted hace muy bien, señora, en decirme las cosas. Se lo aseguro, se lo prometo ante Dios que no lo lamentará. Y así se liberará de un peso que bien hubiera podido amargarle la vida y envenenar su relación con la señora de Castro. 

 -Bueno, espéreme. Le traigo la dirección. Vuelvo en seguida. 

Estoico estaba el inspector jefe Ulises Vergara Buján cuando le tendió la vieja una hoja de papel. Sacó un estilográfico del bolsillo interior de la chaqueta y apuntó en el dorso del paquete de cigarrillos la dirección de la Gata y le devolvió Ulises el papel. 

 Aliviada y convencida de haber hecho lo correcto estaba la vieja cuando cerró Ulises el portón del patio.


XI 

Poco tiempo necesitaron Pepe y Ulises para montar un plan que elaboraron con la ayuda de Dioni y Daniel, un joven de la comisaría de Pepe en quien tenía éste absoluta confianza. Ya habían localizado la madriguera de Lucas. Se encontraban escondidos en una finca de las afueras de Puerto Jacinto. El cometido estribaba en atrapar a Lucas y a sus cabecillas vivos y apresarlos. Pero ya habían entendido que en las altas esferas querían un ejemplo y que poco importaban los medios. Querían la cabeza de Lucas a toda costa. Por ello los acompañarían refuerzos militarizados aunque se quedaran atrás esperando la orden de intervención. Estaba claro que si no lograban capturarlos, sabían que estaba lista la artillería y que sería una matanza. A Ulises, inspector en jefe, le asignaron de inmediato cinco policías más e igual cantidad de hombres a Pepe. Ambos tenían pues bajo su mando a una quincena de agentes entre ellos a Francisco y Roberto quienes habían insistido con el comisario para formar parte de la misión. A Ulises no le gustó para nada la idea. No quería llevar a ningún pipiolo por muy convencidos que fuesen de su misión y deber por la mera posibilidad que se convirtiesen durante el operativo en cabezas locas. Pero no tuvo de otras. Así que se formó el equipo en tan solo tres días durante los cuales Pepe y Ulises les explicaron los pormenores, detalles y circunstancias del operativo. Todos irían vestidos de paisano y, por supuesto, sin armas aparentes. Además, no les informaron del apoyo logístico-militar por miedo a que se sintieran con alas de héroes invencibles. Al inicio, tan solo lo sabían Daniel y Dionisio, los únicos en reunirse aparte con Ulises y Pepe. Ellos serían los encargados de mantener la unidad interna en caso de versatilidades o veleidades individuales. A ambos les habían dado carta blanca en el asunto. Tampoco les avisaron de la estrategia escogida por temor a filtraciones. Tan solo les presentaron el lugar, las afueras y el objetivo: la finca que esa gran ventaja tenía de estar rodeada de bosques. 

El encargado de ese trabajo fue un policía de Puerto Jacinto, quien había hecho el viaje a la capital sin que supiera de antemano el objeto de su viaje. Solo lo informaron de su posible integración al equipo al llegar a la comisaría de Ulises con tal que mantuviera el secreto absoluto y que ni se atreviera a avisar a sus colegas del puesto de Puerto Jacinto. Por supuesto, tenía la opción de rechazar la propuesta de colaboración. El policía, llamado José Jaime y a quien habían escogido al azar, tenía unos treinta años, era bastante delgado, de mediana altura y se miraba quieto, seguro de sí mismo. No mostró la menor señal de nerviosismo ni en sus gestos ni en sus palabras. Y cuando aceptó sin vacilar la propuesta, le avisaron de que tan solo debía tener contactos profesionales con Daniel y Dionisio. Con el resto de los hombres, sería compartir vida y nada más. A los dos días, insistió Ulises por razones técnicas que luego entendió Pepe para que lo integraran a las reuniones de mando. Nadie se opuso. Tan solo ellos estarían al tanto del modus operandi. Y cuando Ulises les explicó, muy en serio, a poco de su partida, en qué consistía ése, cada quien se quedó mudo al no saber de qué iba la cosa. Incluso el propio Pepe se contuvo para no carcajearse, imaginándose a Ulises vestido de Robín Hood.


XII 

El primer grupo en llegar por las inmediaciones de Puerto Jacinto fue él de Pepe. Siguiendo las instrucciones de José Jaime, se instalaron en una de las fondas de un pueblo llamada El Cabrero, a media legua de la finca de Lucas, donde en esa época, solían llegar los campesinos en busca de trabajo en los cafetales. Todos andaban vestidos de campesinos, con botas, sombreros, machetes y llevaban mochilas en las que tenían su hamaca. Era de tablas la fonda y de la más sencilla. Estaba construida sobre pilotes por debajo de los cuales erraban en el lodo aves de corral, algunas cabras y unos chanchos.

Tenía la posada la forma de un vasto cuadrado de dos pisos en cuyos lados se encontraban los cuartos. En medio del primer piso, estaba la cocina, el comedor en el que estaban dispuestas largas mesas y sillas de madera y, en el centro del segundo, no había nada, tan solo un amplio espacio vacío en el que, por la noche, se colgaban de las vigas las hamacas. Allí dormían los más pobres. Era muy famoso el hospedaje por sus baños que tenían agua todo el año. Se encontraban en el segundo piso por cuestiones lógicas: se alimentaban las duchas con las aguas de lluvia. Había dispuesto el ingenioso fondista unos inmensos reservorios planos situados encima del tejado y solo al accionar la palanca, caían las benditas aguas incluso en temporada seca cuando en esa comarca y en esa época, los ríos se parecían más a hilos de saliva. 

El segundo equipo policial llegó al día siguiente en dos largos carruajes que le habían facilitado unos buhoneros itinerantes que iban de paso por Santa Cruz. La idea le cruzó la mente a Ulises poco antes de que se fuera cuando vino a comisaría el propietario de los carruajes a pagar dos multas por indebidos estacionamientos en la plaza mayor. El trato no fue tan sencillo y fueron necesarias toda la pericia, maestría y paciencia de Ulises para convencer a ese pobre hombre a que prestara sus dos coches por unos días. Por supuesto, desparecieron las multas y consiguió el dueño, más hábil de lo que parecía y, en realidad, fino negociador, el pago de un hospedaje para él y su familia el tiempo que fuese necesario hasta que le devolviesen sus carruajes así como una licencia de por vida para aparcarse donde y cuando quisiese en Santa Cruz. Y tan solo fue al tener en manos el dueño ambos certificados -él de alojamiento y él de estacionamiento- cuando trajo al patio de la comisaría los dos coches ante el asombro mayor de los policías de guardia, quienes, al inicio, le negaron el paso. 

Así que Ulises y sus hombres se afincaron en un claro de bosque, en las afueras del Cabrero, sin entrar, por supuesto, en el pueblo, pero lo suficientemente cerca para que pudiesen comunicar ambos equipos antes del operativo, previsto de noche y cuyo nombre era: la estrella fugaz. En cuanto a los refuerzos de artillería, estaban reclusos en el antiguo fortín de Puerto Jacinto esperando una señal. 


XIII 

Desde su salida precipitada de Santa Cruz, llevaba la pandilla de Lucas una vida retirada pero holgada y amena. Allí, en esa finca alejada, rodeada de bosques, habían escondido sus hurtos que los ponían al abrigo de cualquier necesidad. Pero tampoco habían renunciado a sus planes de mayor envergadura: el asalto a un banco. Solo estaban esperando que pasaran suavemente los meses para volver a actuar. En ese nido primoroso y silencioso en que transcurría la vida con una sencillez y dulzura marcada por la salida del sol a la sombra de los inmensos caobos y chilamates y las frescas noches estrelladas alrededor de las fogatas, disfrutaban Lucas y la Gata de una vida sentimental que nunca habían tenido antes. A ella, no le pesaba la vida campestre muy al contrario aunque no pudiese salir a menudo de la finca y mucho menos con Lucas. En los momentos de hartura y hastío de éste, ella lo consolaba, lo mimaba y lo hacía entrar en razón. Lo convencía para que se escaparan los dos algunos días por el monte, paseando solos y disfrutando a solas de la belleza de la naturaleza y de las cascadas que en esos lugares abundaban. Y regresaban a la finca, felices y colmados. Lucas, de índole bulliciosa y tempestuosa era el que más sufría de ese dulce encierro pero con el tiempo, iba acostumbrándose a pesar suyo al igual que sus hombres que solo pensaban en volver a Santa Cruz si bien ayudaban a Andrés, dueño de la finca y viejo amigo de Lucas, en algunas que otras labores agrícolas. Pues tan solo salía la Gata y en compañía de Andrés. La mayoría de las veces, era él quien se encargaba de las compras y mucho cuidado ponía en no abastecerse en la misma tienda. Ella iba con él de vez en cuando, haciéndose pasar por la prima de éste. E incluso lo acompañó en más de una ocasión a Puerto Jacinto, ciudad que desconocía ella. 

Ese atardecer, como a eso de las cinco, estaban Lucas y sus hombres echando leña a la fogata a la par que hablaban del famoso asalto que era, para ellos, como realizar un sueño que les permitiese vivir sin apuros el resto de su vida. Y cada quien estaba contando lo que haría con semejante fortuna. La plática era de la más divertida dado que la víspera, al igual que a inicios de cada semana, había traído Andrés las cajillas de cerveza pero con una sorpresa más: unas botellas de añejo güisqui de contrabando de las que acababan de desenroscar el tapón de la primera. Dentro de poco, se juntaría Andrés que todavía estaba ordeñando las vacas en el establo mientras estaba terminando la Gata de partir unos solomillos de res para luego marinarlos en jugo de piña, tamarindo y cebolla. Y de repente, no se supo si fue por el efecto del añejo güisqui o del anochecer más estrellado que nunca, vieron pasar por encima de sus cabezas una estrella fugaz.

-¡Qué suerte tenemos, maestro! –dijo la mano derecha de Lucas encantada por lo que había visto- Todos nuestros deseos los vamos a cumplir. ¡Brindemos pues!

Y se sirvió una nueva tanda de añejo güisqui y chocaron los vasos. 

-¡A nuestra suerte! 

-¡A nuestra fortuna!

Siguieron conversando con aún más entusiasmo de sus proyectos cuando, de súbito, salió la Gata de la cocina y les dijo: 

-¡Oigan! ¿Qué le están echando a la fogata que parece que se está quemando algo?

-Estamos quemando nuestras vidas de desgracia -le contestó Lucas, alzando copa. ¿Quieres una, amor?

Estaba ella por contestar cuando, repentinamente, vino corriendo Andrés, alarmado y repitiendo a voces: 

-¡Fuego! ¡Fuego! Se está quemando la granja. 

Todos se pusieron a reír pero al ver en dirección a la granja, no solo vieron humo sino también llamas. Y empezó una lluvia de estrellas fugaces que iban incendiando el cielo.























































Alberto López Sanjurjo
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