Ulises Vergara Buján
LOS ALTOS BOJES TOMO II
Ulises Vergara Buján
Inspector en jefe de la brigada central de Santa Cruz
Principal protagonista de Los Altos Bojes Tomo II
Novela de Alberto López Sanjurjo
Sinopsis
Los Altos Bojes es una novela que se sitúa en un pueblo ficticio de la América latina decimonónica en el que las tradiciones y leyendas siguen moldeando las opiniones, creencias y comportamientos de sus moradores.
Narra los nacientes amores entre don Blas, un próspero finquero soltero, instruido y letrado que vino a instalarse en La castellana unos años atrás y Catarina de Alarcón de Alba, mujer decidida e independiente, viuda y dueña de un castillo donde vive con toda su familia.
Esa relación se va a ver entorpecida por Anselmo Valdivieso quien, un buen día, decide volver a ver a su antigua amante de juventud, Catarina de Alarcón. Decidido a reconquistarla a cualquier precio, no vacila en comprar los servicios de una bruja y en buscar complicidades entre la servidumbre para acelerar el cumplimiento de sus macabros planes.
Por casualidad, se entera el inspector de la brigada de Santa Cruz, Ulises Vergara Buján, de que un nuevo envenenamiento acaba de producirse en La castellana. A pocos años de jubilarse, dicho caso lo lleva a seguir las huellas de un misterioso cazadotes que decenios antes había acaparado las portadas y sembrado el pánico entre las clases pudientes de la capital.
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Le second tome des Hauts Buis qui tient à la fois de la comédie et du roman policier a pour personnage principal Ulises Vergara, inspecteur en chef de la brigade centrale de Santa Cruz qui découvre, par hasard, qu'un nouvel empoisonnement vient de se produire à La gentilhommière.
A seulement quelques années de la retraite, cette affaire le conduit à suivre les traces d'un mystérieux coureur de dots qui, des décennies auparavant, alors qu'il n'était encore qu'un jeune policier récemment sorti de l'académie de police, avait fait la une des journaux et semé la panique parmi les classes aisées de la capitale.
Ulises Vergara
Capítulo I
Estaba Ulises Vergara en su despacho cuando, de repente, sonó el teléfono. Agarró el auricular todavía inmerso en la lectura de un expediente que siguió hojeando. Y no pudo contenerse de la alegría al oír la voz de un colega con quien no había hablado desde hacía añares.
-¡Eres tú, Flaco? ¡No me lo puedo creer! Tanto tiempo sin escuchar tu voz.
Empujó hacia atrás el asiento con ruedas y puso Ulises Vergara Buján los pies en el escritorio. A todas luces, su compinche estaba tan contento como él a tal punto que tuvo que alejar Ulises Vergara el auricular del oído. Se desanudó la corbata y encendió un cigarrillo. No paraba de reírse Ulises al escuchar las bromas, anécdotas y ocurrencias de su colega y amigo con quien había iniciado su carrera. Duró la conversación más de media hora pero tuvo él que ponerle fin muy a pesar suyo, debido a la reunión que a esa hora tenía prevista con su jefe. Colgó pues, con la promesa de volver a llamarlo y la mente llena de recuerdos. Y uno de ellos, que tenía que ver con el motivo principal de la llamada, lo sumergió decenios atrás. Posiblemente, había vuelto a actuar el envenenador. Tal fue la última frase que pronunció su colega de Mondragón.
Todo el día pasó Ulises Vergara sin que dejara de pensar en ese hombre que tantos desvelos le había causado. Y siempre había logrado escabullirse de las redes policiales cuando todo indicaba que lo tenían atrapado. Hablaron de él con su jefe, quien le autorizó reabrir un expediente con tal que no afectara la buena marcha de los asuntos pendientes. Conque Ulises Vergara se fue a casa, intrigado, con tres abultados expedientes bajo el brazo.
Frisaba Ulises Vergara en la cincuentena y ya empezaba a sentir el paso de los años. Ya sabía que no podía correr como antes detrás de los carteristas, rateros o cacos del barrio y mucho menos ir en pos de los hampones, truhanes y criminales de alto vuelo. Ya no tenía la condición física de sus verdores cuando todavía jugaba al beisbol en la liga departamental. De por sí alto, solo conservaba de sus mocedades una complexión maciza, corpulenta y fornida. Ya había dejado hacía años las sesiones de entrenamiento de la policía pretextando un resurgir súbito y crónico de asma que, en realidad, poco tenía que ver con esa enfermedad de la que lo curaba, de mentira, un amigo suyo médico, sino con la desgana por el esfuerzo físico y con el consumo excesivo y obsesivo de tabaco. Además, le había dicho a su amigo galeno, entre dos copas, que ya no estaba para esas cosas, que el oficio de policía más estribaba en el olfato que en el correr y recorrer y, sobre todo, a tan pocas leguas de la jubilación. Ambos tenían casi la misma edad y la comprensión, al encontrarse ellos por primera vez, de inmediato fue mutua y fluida al igual que con Gaspar, quién fue el insólito e involuntario protagonista de dicho encuentro.
Se conocieron Ulises y Segismundo por casualidad en el parque del Lago cuando, un buen día, decidió Ulises retomar alguna actividad deportiva pero eso sí, de acuerdo con su cuerpo y alma de aquel entonces. En ese parque, se practicaban natación, tenis, bádminton, golf, carrera pedestre alrededor de una doble pista muy bien cuidada y en la que también se montaba en bicicleta. Pero claro que ese deporte todavía no había alcanzado su fama posterior y estaba todavía a años luces de su futuro apogeo. Fue allí donde se cruzó el destino de Ulises y Segismundo cuando un ciclista que le daba muy duro al pedal perdió el control de su máquina que fue a dar contra un seto de arbustos propulsándolo en las espesuras limítrofes con el terreno de tiro con arco. Allí se encontraban Ulises y Segismundo, cada uno muy concentrado, la mira en el blanco de paja y la flecha encastrada en la cuerda muy tensa, lista para alcanzar el círculo blanco de en medio. Pero de golpe, se les cruzaron, si bien de lejos, la imagen de ese infortunado que salió como una flecha por entre las malezas, breñas y matorrales del sotobosque. Ambos se miraron con ojos de plato y dejaron en seguida arco, flechas y carcaj para correr y salvar a ese desventurado ciclista. Por suerte, tras examinarlo Segismundo, nada tenía el alocado ciclista, tan solo un mar de rasguñas y equimosis que le cubrían tanto el cuerpo como la cara. En cuanto a su alma, todavía amedrentada, se curó en un santiamén al invitarlo Ulises y Segismundo a tomar unas cervezas en una de las glorietas del parque. De esa aventura nació una fiel amistad no solo entre los dos sino entre los tres compadres aunque mucho más joven era Gaspar.
Capítulo II
Dejó Ulises Vergara los expedientes en la mesa así como el trilby negro, de ala media y con una fina cinta que recorría el bajo de la corona del sombrero. Para él, andar sin sombrero era como andar sin reloj. Y nunca se deshacía de sus sombreros por muy viejos y gastados que estuviesen. Incluso guardaba una chistera que tan solo usó una vez, al igual que el chaqué cuando se casó su única hija. También tenía un bombín que le había regalado un amigo suyo pero siempre que se miraba al espejo con el bombín puesto, le entraba la risa por darle una pinta rimbombante y estrafalaria que poco armonizaba con lo redondeado de su semblante y la aridez del oficio. En cambio, aparte del trilby, que tenía en varios ejemplares con matices distintos como el fedora, le gustaba andar con borsalino y solo durante las vacaciones, con el famoso montecristi. El uso del sombrero no tenía la función de esconder alguna calvicie más o menos pronunciada sino que Ulises Vergara era un hombre de porte elegante. Y si nunca salía sin el trilby tampoco salía sin el terno y sus eternos zapatos de ante que fuera día o fin de semana. Ya pasaba de los cincuenta y lo único que le preocupaba un tanto era que no lograba desinflar esa panza pese a sus meritorios esfuerzos por comer más verduras y frutas y menos bocadillos y platos fritos. Pero más podían la cerveza y las ganas de fritanga. Por tanto, había tenido que renunciar poco a poco al cinturón por los tirantes, lo que le valió, al inicio, burlonas y graciosas indirectas y digresiones de sus colegas hasta tal punto que, consciente o inconscientemente, nunca más dejó el chaleco encima de la camisa. Pero podía ser también que el uso de tirantes correspondiese a la partida de Anabel quien se marchó de la casa por esa época para compartir piso con un artista, como se definía él mismo, quien, a todas luces, no era, al menos al principio, del gusto y aprecio de don Ulises. Pero ya casado y con dos hijos, supo el yerno hacer lo necesario para sentirse menos artista y un poco más trabajador. No abandonó su arte sino que también se improvisó pintor de brocha gorda lo que, por supuesto, le dio más guita para que la familia viviera más desahogada. Nunca supo Anabel que fue tras una breve y sonada conversación a solas con su padre que el pibe artista empezó a tener un poco de sal en la mollera. Claro que con su único salario de maestra, a Anabel no le alcanzaba al finalizar el mes y mucho menos cuando nació el segundo hijo. En casa tenía ella tres hijos, solía decir entre sí don Ulises, furioso y arrecho cada vez que salía del piso de ellos, los dos nenes y el boludo ése que ni se mueve el culo para vender sus pintarrajos que además obstruían y afeaban la sala de por sí pequeña. Hasta el trilby estaba don Ulises de tener que ayudar a la pareja de forma sutil y fina sin nunca jamás ajar o humillar a su hija quien, según él, no tenía la culpa, tan solo a medias, por haberse casado con un virtuoso en ciernes que nunca supo despertar. Por suerte, mucho más virtuoso era el pintor de fachadas. Y fue lo que le salvó de una muerte anunciada que le vaticinó don Ulises ese famoso día en que, excedido por el artista, se decidió a hablar por las buenas con él al salir a mediodía de la comisaría. Por suerte o mala suerte, estaba solo en casa el maestro, vestido con blusa de pintor y paleta en mano cuando le abrió la puerta a don Ulises. Y de buenas a primeras, sacó la guitarra don Ulises, dando rienda suelta a la improvisación. Y al terminar la conversación que más parecía un monólogo lleno de sutilezas en que alternaba don Ulises las sentencias en frío y en caliente haciendo que estuviera el artista en ascuas sin que se rompiera el hielo, tuvo don Ulises esa frase muy suya: "Si no truecas el pincel por la brocha gorda, te lo voy a meter por donde quepa" -le asestó sin el mínimo átomo de remordimiento y con una desafiante frialdad que le hubiera helado los huesos a cualquiera. De costumbre orgulloso, vanidoso y presuntuoso, la advertencia se la tomó tanto más en serio el artista cuanto que descubrió que el estuche de cuero con pistola todavía lo llevaba puesto don Ulises. Y salió disparado de su propia casa el maestro como si hubiera visto al diablo en persona. Pasó toda la tarde afuera vagando por las calles al mismo tiempo que iban empezando para el virtuoso, consciente o inconscientemente, los necesarios replanteamientos de orden personal, familiar y vital.
Colgó don Ulises Vergara el estuche con pistola en la percha así como la chaqueta, se fue a la cocina arremangándose la camisa, cogió dos cervezas heladas que se llevó al pequeño salón junto con los expedientes. Esa es mi última oportunidad -pensó entre sí don Ulises- al sentarse. Espero que esta vez no se me escape ese cabrón.
Ulises Vergara Buján
Inspector en jefe de la brigada central de Santa Cruz
Principal protagonista de Los Altos Bojes Tomo II
Novela de Alberto López Sanjurjo
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